La tarde del miércoles cuatro de mayo de 1994, Jeffrey Hopkins,
Profesor de Estudios Religiosos de la Universidad de Virginia y Director
del Centro de Estudios Sudasiáticos de dicha universidad durante
doce años hasta agosto de 1994, testificó en la Audiencia
sobre la política de Estados Unidos hacia China del Subcomité
del Senado para Asuntos del Asia Oriental y del Pacífico, Comité
de Relaciones Exteriores, encabezado por el Honorable Charles S. Robb
de Virginia. La reunión se llevó a cabo en la Sala SD-419,
en las oficinas del senado ubicadas en el Edificio Dirksen, en Washington
D.C. Además del Senador Robb, los miembros del comité
presentes fueron el Senador John F. Kerry de Massachussets, el Senador
Frank H. Murkowski de Alaska, y el Senador Larry S. Pressler de Dakota
del Sur. El Senador Russell Feingold de Wisconsin también estuvo
presente. A continuación se ofrece una versión ligeramente
editada del testimonio oral del profesor Hopkins. Las transcripciones
de las audiencias también incluyen un testimonio preparado.
Señor Presidente: Gracias por la oportunidad de presentar mi
testimonio el día de hoy. Mi nombre es Jeffrey Hopkins y soy
Director del Centro de Estudios Sudasiáticos y Profesor de Estudios
Religiosos en la Universidad de Virginia, específicamente de
budismo tibetano. He estudiado el Tíbet durante los últimos
31 años y escribí o traduje 20 libros de budismo tibetano,
además de un texto de enseñanza de lengua en tres volúmenes.
He viajado al Tíbet cinco veces en 1976, 1987, 1988, 1990 y 1993.
Hablo tibetano con fluidez y he podido pasar largos periodos de tiempo
entre tibetanos sin estar controlado por las autoridades chinas.
Hoy me referiré a las quejas de China sobre la Orden Ejecutiva
del Presidente Clinton del 28 de mayo de 1993, la cual condiciona la
renovación futura del estatus comercial como Nación Más
Favorecida [MFN: Most Favored Nation en inglés], en particular,
la condición que insta a China a proteger la herencia religiosa
y cultural distintiva del Tíbet. Lamento decir que hasta hoy
el gobierno chino no ha progresado en absoluto hacia el cumplimiento
de esta condición en el Tíbet. La administración
de Estados Unidos exigió a los chinos que iniciaran negociaciones
serias con el Dalai Lama o sus representantes como un primer paso para
cumplir con la condición tibetana, reconociendo que el único
camino para asegurar la supervivencia de la religión y cultura
del Tíbet es lograr un acuerdo negociado.
A través de los años, el Dalai Lama ha hecho numerosas
declaraciones mediante las cuales solicita que los chinos empiecen a
negociar con los tibetanos sin precondiciones. En un discurso que dio
el pasado jueves en Nueva York, al cual asistí, el Dalai Lama
expresó una vez más su voluntad para entablar negociaciones
sin que el tema de la independencia se incluyera en la agenda, siempre
y cuando se discutieran todos los demás temas que afectan al
pueblo tibetano. Esto concuerda con el marco de referencia dado por
Deng Xiaopeng en 1979, acerca de “que todos los temas son negociables,
excepto la independencia del Tíbet”.
A pesar de estas notables concesiones, los chinos se han negado a dar
una respuesta auténtica y continúan diciendo que el Dalai
Lama insiste en la independencia. Cabe señalar que la concesión
del Dalai Lama en cuanto a no mencionar la independencia es enorme,
pues en la lengua tibetana ni siquiera existe una palabra para una nación
que incluya tanto al Tíbet como a China. Esto explica hasta qué
punto la mente tibetana no alberga la menor duda acerca del tema, pero
él cedió en cuanto a no incluirlo en la discusión.
Volviendo a la situación actual en el Tíbet, la represión
del gobierno chino a monjes y monjas siempre ha sido violenta, pero
ahora es inmediata y por razones menores. Los arrestos de monjes y monjas
por su participación en manifestaciones pacíficas a favor
del autogobierno son inmediatos y tienen como consecuencia el encarcelamiento
que en general va de 3 a 6 años; algunas de estas sentencias
se duplican simplemente por cantar.
La intimidación de monjes y monjas que han sido arrestados,
frecuentemente incluye la tortura, y es parte de una política
consciente de control violento del elemento central de la cultura tibetana:
su religión. Esta política se manifiesta de diversas maneras.
Cada vez se establecen más unidades de control ideológico
en los monasterios para lograr el adoctrinamiento político. El
gobierno chino ha limitado el número de monjes en las universidades
monásticas de manera drástica, de tal modo que, por ejemplo,
una institución que antes contaba con 7,700 estudiantes, después
de sufrir un cierre completo, ahora tiene apenas 450 personas, entre
estudiantes, profesorado y personal. Si esto sucediera en mi universidad,
no diríamos que ha reabierto. Asimismo, los Comités de
Administración Democrática controlados por los chinos
e impuestos en cada institución controlan la administración
de las instituciones monásticas.
Durante mi último viaje al Tíbet en 1993, me horrorizó
el ver que el Valle de Lhasa, la sede de la capital del Tíbet,
se había transformado en una ciudad china. La influencia de los
colonos chinos es tan grande que rápidamente los tibetanos se
están volviendo irrelevantes en su propia tierra. Además,
la presencia militar china en el Tíbet se ha incrementado en
los años recientes, y la construcción de instalaciones
militares dentro y alrededor de los centros urbanos del Tíbet
se ha incrementado. Ahora hay once campamentos militares mayores y nueve
menores sólo en el Valle de Lhasa.
Tal vez el gobierno chino exija que se le reconozca el mérito
de reconstruir algunos de los más de 6,000 monasterios que destruyó.
Sin embargo, su aportación económica a unas cuantas instituciones
culturales y su posterior control sobre ellas no constituye una protección
a la libertad cultural. En resumen, el gobierno chino no ha progresado
en cuanto al cumplimiento de la condición incluida en la Orden
Ejecutiva del Presidente Clinton, la cual exigía la protección
de la herencia religiosa y cultural distintiva del Tíbet.
Hace dos semanas estuve en la conferencia del Departamento de Estado
para líderes en educación superior, y ese día disfruté
del discurso de Winston Lord, quien se expresó entonces con mayor
libertad que ahora, y estoy de acuerdo con las cosas que dijo. Número
uno, que la Libertad no es un producto exportado del Occidente. No es
la cruzada de unos cuantos idealistas. Señaló que es un
instinto de supervivencia, y estoy de acuerdo con Winston Lord en que
hay normas universales de derechos humanos, tales como el no ser objeto
de tortura, el no ser retenido sin previo juicio, y el contar con una
prensa libre para contrarrestar la corrupción, un punto muy importante.
También estoy de acuerdo con Winston Lord en que ningún
país debe dominar Asia. Estoy de acuerdo con Winston Lord en
que las sociedades abiertas no atacan a las sociedades abiertas. Aplaudo
el hecho de que se haya levantado y haya objetado a quienes se quejan
de que los Estados Unidos pretenden transformar la sociedad china. Esas
mismas personas consideran los derechos humanos elementales como algo
curioso en la perspectiva asiática. Asumo que esto se debe a
una falta de experiencia de primera mano en Asia, un problema que ciertamente
el Sr. Lord no comparte.
Mi idea central es que, de hecho, la economía como principio
único del orden mundial nos llevará al caos. Soy un capitalista
ávido, especialmente después de haber atestiguado los
efectos devastadores del comunismo en la iniciativa humana, pero temo
el regreso a la situación irregular y a los salarios de miseria
del siglo diecinueve, pues los trabajadores no tienen más alternativa
que aceptar bajos salarios.
Es contradictorio tratar de arreglar nuestra economía doméstica
y al mismo tiempo involucrarnos en la búsqueda irregular de ganancias
a corto plazo en países con bajos salarios que crean un gran
déficit para los Estados Unidos. Permítanme poner la situación
en un contexto más amplio. China es actualmente la segunda economía
mundial, pero será la primera dentro de diez años. Todos
sabemos de su tasa de crecimiento anual de 9 por ciento en la última
década, y del 13 por ciento proyectado para este año.
Asimismo, el año pasado hubo una cantidad sin precedente de
$110 mil millones de dólares de otros países comprometidos
para el desarrollo de China. Como todos sabemos, nuestro déficit
comercial es de $24 mil millones de dólares, pero de hecho son
$30 mil millones si se incluye el sector de servicios, y todos sabemos
que en nuestro déficit con China está previsto un incremento
y no una reducción. También se ha dicho que hay 100,000
empleos en Estados Unidos que dependen de nuestro comercio con China,
pero hay hasta 200 millones de empleos chinos que dependen de su comercio
con Estados Unidos.
Debemos preocuparnos acerca de lo que estamos promoviendo. Nadie quiere
hablar de ello, sin embargo... ¿Qué va a pasar dentro
de una década, cuando China sea la principal potencia económica
con una gran influencia política? ¿Estamos alentando a
una potencia agresiva que quiere convertirse en la civilización
predominante en Asia?
Los oficiales del gobierno chino incluso afirman que no hay prisioneros
políticos y que no hay tortura en su país, a pesar de
la evidencia documentada en contra. Sostienen que no son una amenaza
para la región, a pesar de proporcionar mil doscientos millones
de dólares en armas al Consejo de la Ley de Estado y Restauración
del Orden [en inglés SLORC: State Law and Order Restoration Council]
en Birmania [Myanma], y a pesar de la revelación de planes para
tomar Mongolia. Por lo tanto, mientras aún tenemos influencia,
debemos fomentar la apertura, la formación de una democracia
y la integración a las normas democráticas de la comunidad
mundial.
Cuando el Dalai Lama habló el martes pasado en la ciudad de
Nueva York, señaló la miopía de los economistas
que sólo ven números y, por otra parte, tenemos a las
personas de derechos humanos que sólo trabajan en ese sector,
mientras que el objetivo del progreso económico es el bienestar
humano. Ambos están entrelazados, no hay forma de desligarlos.
En resumen, para lograr la preservación de la cultura y la religión
tibetanas, es necesario restringir el establecimiento de chinos en el
Tíbet; para lograr esto, las negociaciones con el Dalai Lama
son imprescindibles. El pasado jueves, cuando el Dalai Lama se reunió
con el Presidente Clinton y el Vicepresidente Gore, ambos le expresaron
su apoyo.
Es tiempo de aprender que debemos ser tan duros con China como China
lo es con nosotros. Una extensión incondicional como Nación
Más Favorecida (MFN) en 1994 sería uno de los peores errores
en política exterior que el Presidente Clinton podría
cometer durante su mandato, pues se consideraría como una gran
retirada y un signo de debilidad, no sólo por el gobierno chino
y su pueblo, sino también por otros gobiernos y pueblos.
La credibilidad del Presidente Clinton está en juego, al igual
que la credibilidad de los principios de esta nación en cuanto
a los derechos humanos y las aspiraciones de los buscadores de la libertad
en todo el mundo.
|