Su nacimiento
Atisha nació en el este de la India, en la actual
Bengala. Fue hijo de un poderoso rey de nombre Kalianashri, cuyo palacio
era conocido como el Palacio de las Doradas Banderas de la Victoria,
y cuyo poder y fortuna eran comparables con las del emperador de China.
Varios signos auspiciosos acompañaron su nacimiento.
Desde pequeño mostró su interés por seguir el
camino del Dharma. Cuando aún era niño, un día
fue al templo. Ahí todos rezaban por tener una larga vida, por
tener muchas riquezas, o por no renacer en los reinos inferiores. Él,
en cambio, oró así:
He obtenido el renacimiento humano perfecto,
y el renacimiento de un hombre privilegiado.
Los órganos de mis sentidos carecen de defecto,
me he encontrado con las Tres Joyas.
Que siempre pueda tocar respetuosamente
las Tres Joyas en la coronilla de mi cabeza.
A partir de hoy, que ellas sean mi refugio.
Que jamás sea atrapado por las obligaciones del hogar;
que sea dotado con el Dharma;
que more entre la Sangha;
que, carente de orgullo, pueda
hacer ofrendas a las Tres Joyas;
que mire a todos los seres con compasión.
Su educación
Desde muy joven se le reconoció como un gran erudito. Se dice
que dominaba todas las ciencias clásicas de la India: la gramática,
la lógica, las artes y la medicina. También podía
reconocer entre budismo y no budismo.
Atisha estudió con maestros calificados y llegó a conocer
profundamente el camino budista, tanto de los Sutras como de los Tantras.
Cultivó profundamente la renuncia y le pidió a sus padres
que lo liberaran de sus ocupaciones reales diciéndoles: “No
estoy apegado a los lujos de la vida de palacio ni por un instante.
Un palacio dorado no es diferente de una prisión. Las reinas
no se diferencian de las hijas de Mara. Las tres sustancias dulces no
son distintas de la comida de los perros, el pus y la sangre. No existe
ni la más mínima diferencia entre envolverse en sedas
y joyas preciosas y vestir una sucia manta. Me adentraré en el
bosque para permanecer continuamente en meditación”.
Fue en busca del sabio Avadutipa, a quien le suplicó durante
treinta días para poder recibir sus enseñanzas. Después
de ese tiempo, el sabio le dio la iniciación de Hevarja y lo
instó a regresar con su padre. Volvió vestido como Heruka,
vagando sin rumbo. Todo mundo estaba desconcertado. Atisha habló
con el rey diciéndole que si asumía el trono, sólo
le ayudaría en esta vida y después se separarían.
En cambio, si renunciaba a su vida principesca, podrían encontrarse
siempre en sus vidas futuras. Entonces el rey dio permiso a su hijo
para que siguiera el camino del Dharma, completamente libre de sus obligaciones
reales. Así, Atisha siguió el ejemplo de nuestro noble
maestro, el Buda Shakyamuni.
Atisha tuvo alrededor de ciento cincuenta grandes maestros, sin embargo,
continuó buscando la forma más rápida de lograr
la iluminación. Cuando pensaba que lo más indicado era
tomar una consorte para realizar avanzadas prácticas tántricas,
recibió varios designios en otra dirección. En Bodhgaya,
donde Buda logró la completa iluminación, escuchó
a una muchacha preguntándole a otra:
- ¿En qué Dharma debería adiestrarse aquel que
desea una pronta y completa Iluminación?
- La Bodichitta es el medio más noble. Contestó la joven.
Situaciones similares le sucedieron en otros lugares, por lo que decidió
buscar al maestro más calificado de su tiempo en la Bodichitta:
Gurú Suvarnadvipi Serlingpa.
Como Suvarnadvipi vivía en Indonesia, Atisha realizó
un largo viaje por mar enfrentando muchos obstáculos y peligros.
La travesía duró trece meses. Cuando al fin llegó,
no se apresuró a ir en busca del maestro, primero pidió
informes sobre su vida. Con esto nos dio un gran ejemplo: antes de entregarse
al gurú, primero hay que investigarlo.
Después preparó una procesión para irle a rendir
homenaje. Iba acompañado por alrededor de cien de sus discípulos.
Al enterarse Suvarnadvipi, decidió salir a recibirlo y fue a
su encuentro junto con sus monjes. Fue una ocasión espléndida.
Los dioses, complacidos, dejaron caer una lluvia de flores.
Atisha vivió con su preciado gurú durante doce años,
en los cuales recibió instrucción sobre los Sutras de
la Perfección de la Sabiduría. También estudiaron
la sublime Bodichitta en el linaje dado a Shantideva. Estudiaron, contemplaron
y meditaron en ella hasta lograr la Bodichitta genuina.
A su regreso a la India, debatió y venció en tres ocasiones
a filósofos no budistas. Erudito en todas las escuelas budistas,
era completamente no sectario. Dirigió la Biblioteca de la universidad
monástica de Vikramashila. Se le reconoció como maestro
supremo en las tres canastas de Sutras y en los cuatro tipos de Tantra,
es decir, en toda la literatura budista.
Invitación al Tíbet
Mientras tanto, en el Tíbet, la enseñanza de Buda se
recuperaba con muchos tropiezos de la persecución de la que fue
objeto por parte del rey Langdarma. Había muchos malentendidos
y varios hindúes se hacían pasar por maestros tántricos
avanzados sin serlo. Creaban sectas con caminos desviados. Se creía
que el Tantra y el Sutra eran incompatibles.
El rey del Tíbet, Yeshe Oe, al ver el lamentable estado del
Dharma, decidió hacer algo. Su plan fue traer al sabio Atisha
para que reestableciera la verdadera doctrina. Envió a varios
emisarios con grandes cantidades de oro, pero todos ellos fracasaron.
Por fin, resolvió ir él mismo por el gran Atisha. Pero
a medio camino fue hecho prisionero por un khan local, el cual le dio
la siguiente disyuntiva: o le entregaba su peso en oro, o se volvía
su vasallo y desistía de traer al maestro Atisha; si no aceptaba
estas condiciones, lo mataría. El oro que llevaba no completaba
el peso del rey tibetano, faltaba el peso de su cabeza. Su sobrino Yangchub
Oe, que lo acompañaba, fue a verlo a la prisión. Le prometió
ir en busca del oro que faltaba. Mas Yeshe Oe lo detuvo y le dijo: “Si
entregamos el oro al malvado khan, no podré llevar al Pandita
Atisha a nuestras tierras y decepcionaría a las Tres Joyas. En
mis vidas pasadas nunca tuve el privilegio de poder entregar mi vida
por el sagrado Dharma. Dile al pandita Atisha que entregué mi
vida por las enseñanzas de Buda y las suyas. Que cuide de mí
en mis vidas futuras.” Muy a su pesar, el sobrino siguió
su consejo.
Yangchub Oe recurrió a diversas adivinaciones para saber quién
era la persona indicada para traer a Atisha al Tíbet. Resultó
ser Ngatso, el traductor, quien no quería hacer ese largo y penoso
viaje. Pero el rey le suplicó encarecidamente hasta que accedió.
Durante su viaje, Ngatso, fue ayudado por diversas emanaciones de Avalokiteshvara,
el Buda de la Compasión .
Al llegar a la universidad monástica de Vikramashila, otros
tibetanos que estudiaban ahí los previnieron de que no hicieran
una petición directa para llevarse a Atisha al Tíbet,
pues el abad no lo permitiría. En cambio, les aconsejaron presentarse
sólo como nuevos estudiantes y esperar la oportunidad de hablar
a solas con Atisha. Así lo hicieron.
Después de algún tiempo, al fin lograron entrevistarse
con Atisha. Le revelaron sus verdaderas intenciones, explicando la situación
en la que se encontraba el Tibet, la historia de los Tres Reyes Religiosos
y el sacrificio del rey Yeshe Oe. Además, le ofrecieron un mandala
hecho con el oro que habían recolectado para tal fin. Atisha
se sintió conmovido, pero no aceptó de inmediato. Hizo
indagaciones exhaustivas para saber qué sería de mayor
beneficio para los seres sintientes. Arya Tara, Avalokiteshvara y otras
deidades le dijeron que lo mejor sería marchar al Tíbet,
pero que su vida se acortaría unos veinte años.
Atisha decidió partir al País de las Nieves. Para esto,
dijo al abad que sólo iba a realizar una peregrinación
a los diversos lugares santos de India, Nepal y el Tíbet. El
abad asintió, pero puso como condición que Ngatso, el
traductor, lo trajera de vuelta en el plazo de tres años.
El Tíbet
A su llegada al Tíbet, aproximadamente en el año 1042
d.C., el rey Yangchub Oe le suplicó a Atisha que no les diera
una profunda y secreta iniciación, sino que, en cambio, aclarara
todas las dudas y conflictos que existían en el Tíbet.
Pidió que les impartiera una enseñanza adecuada, fácil
de comprender y de practicar para los tibetanos. Atisha se sintió
complacido por el inteligente enfoque del rey, y para cumplir sus deseos
escribió un breve texto en tres folios llamado “Una Luz
en el Camino”.
Este breve texto resultó extraordinario y se convirtió
en uno de los tesoros espirituales del mundo. Atisha condensó
las ochenta y cuatro mil enseñanzas del Buda y las acomodó
en un orden gradual para ser practicadas. Este compendio constituye
el texto raíz de toda la tradición del Lam Rim (El Camino
Gradual), que se encuentra en las cuatro grandes tradiciones del budismo
tibetano.
Un día fue Dromtönpa a visitar a Atisha y, al no encontrarlo,
fue a buscarlo a las calles. Cuando lo encontró en una estrecha
callejuela, Dromtönpa hizo extensas postraciones y Atisha impuso
sus manos sobre él, lo bendijo y le dio de comer. Desde ese momento
siempre lo acompañaría y serviría. Drom Rimpoche
se convertiría en su discípulo principal y en heredero
de la tradición del Lam Rim. La propia Tara había profetizado
este encuentro.
Se cumplieron los tres años de plazo que el abad de Vikramashila
había impuesto. Sin embargo, al intentar regresar, se les interpuso
una guerra en el camino. Atisha decidió no continuar con el peligroso
viaje. Envió una carta explicando su situación junto con
una copia de “Una Luz en el Camino”. Cuando recibieron el
texto en la India, fue escudriñado por numerosos panditas para
ver su exactitud y veracidad. Esto era tradicional antes de mandar a
imprimir cualquier libro en aquellos tiempos. Todos quedaron tan asombrados
de la concisión y precisión del texto, que finalmente
reconocieron el viaje de Atisha al Tíbet como un beneficio para
ellos. Atisha no habría escrito algo tan sencillo y práctico
para los sofisticados hindúes, pero tenía que hacerlo
de esa manera para sus estudiantes tibetanos, dijeron. Así, el
abad concedió su permiso para que Atisha permaneciera en el Tíbet.
Hasta ese momento, Atisha había permanecido dando enseñanzas
en la zona del Alto Ngari; a partir de entonces se dirigió a
la provincia central. Todos los grandes lamas salieron a recibirlo en
procesión, mas no llevaban los tres hábitos del monje,
pues se había vuelto costumbre en aquellos tiempos usar costosos
brocados, además iban peleando por ganar un mejor lugar para
recibirlo. Al verlos, Atisha gritó: “¿Quiénes
son estos espíritus tibetanos?”, mientras se cubría
el rostro. Los grandes lamas comprendieron el mensaje. Desmontaron y
vistieron sus ropas de monjes, entonces fueron con humildad a su encuentro.
Atisha se sintió complacido.
Atisha giró la rueda del Dharma en el Tíbet durante diecisiete
años, clarificó las enseñanzas, dio numerosas iniciaciones,
refutó las falsas doctrinas, y de esta forma logró que
el Dharma se conservara en su forma original y verdadera en el País
de las Nieves.
Bibliografía
- Atisha. Una Luz en el Camino. Novelda (Alicante): Ediciones Dharma,
1999.
- Kyabje Pabongka Rimpoché. La Liberación en la Palma
de tu Mano. Novelda (Alicante): Ediciones Dharma, 2001.
- Mora, Fernando. Las enseñanzas de Padmasambhava y el Budismo
Tibetano. Barcelona: Editorial Kairós, 1998.
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